‘La muerte del comendador’ de Haruki Murakami – Crítica

El arte de la fuga

Para Haruki Murakami escribir adopta el mismo significado que respirar o comer, un proceso instintivo y mecánico que se aprecia con solo observar su extensa obra publicada. El japonés regresa constantemente a lugares comunes, a espacios que sus lectores a lo largo de los años conocen mejor que él mismo, y no esconde cierta querencia a personajes cuyo nexo suele ser la desesperanza, la búsqueda de la identidad o sujetos pasivos envueltos en tramas insólitas.

Eterno candidato al Nobel y amante del jazz, en sus libros es posible seguir un rastro invisible que los conecta como notas que conforman un acorde. La prosa de Murakami rehuye de alardes e invade la cotidianidad más absoluta, con personajes tan desorientados como para encontrar su lugar en el mundo, pero en ella también habita una simbología clara que se esboza a través de gatos, misteriosas mujeres que actúan como catalizadores de la trama y desdoblamientos del autor mediante el sueño, ese gran aliado del escritor.


La muerte del comendador consta de dos volúmenes editados por Tusquets

En La muerte del comendador regresan todos esos tics que tiempo atrás cautivaron a sus fieles en Kafka en la orilla o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Sin embargo, es inevitable sentir conforme avanzan los capítulos un arraigo excesivo a aquellas fórmulas que tan bien le han funcionado al escritor en el pasado y ahora solo están ahí para recordarnos la posición de un autor que no siente la necesidad de arriesgar, de buscar nuevas formas de contar un discurso que va a la deriva ante la falta de un mensaje que lo sustente.

La novela sigue los pasos de un pintor de prestigio que tras una crisis de pareja decide apartarse a una pequeña casa aislada entre las montañas donde, a través de unos intrigantes sucesos que lo relacionan con un misterioso cuadro que encuentra en el desván, descubrirá el significado que se esconde tras su anodina y rutinaria vida, así como encontrará su propio estilo como artista. Como no podía ser de otra forma, durante la narración conviven personajes corrientes con elementos fantásticos que sacuden al protagonista para introducir al lector en una historia en la que no faltan referencias a la cultura popular como la ópera Don Giovanni de Mozart que se emplea como telón de fondo de los sucesos con la enigmática figura del comendador.

Como le ocurre al propio pintor de la novela, Murakami trabaja sobre el lienzo en blanco sin ningún propósito prefijado, estableciendo las normas de su universo conforme las confecciona y confiando el resultado al diálogo que establece con el lector. Ese acuerdo tácito implica que en todo momento estés dispuesto a pasar por alto las disrupciones de su prosa, esos pasajes intrascendentes que alargan el contenido a dos volúmenes en una trama que podía haberse condensado en un solo libro, para finalmente llegar a esa capa profunda en la que el japonés se esfuerza por dejar cierto poso en su reflexión acerca de la manifestación artística o las relaciones de pareja. Es ahí donde una vez más demuestra ser un prestidigitador excelente con trucos que consiguen retenerte entre sus páginas mientras explora la pérdida como vehículo creativo. William Faulkner describe en Palmeras Salvajes que “entre el dolor y la nada prefiero el dolor”, una declaración de intenciones que Murakami recoge para elaborar una disertación sobre la función del artista en ese proceso catártico que supone crear algo a partir de la ausencia.

En el laberíntico entramado narrativo que propone hay escenas que pierden fuerza por la sonrojante simpleza de sus diálogos y denota cómo La muerte del comendador invierte demasiado tiempo en detalles que no llevan a ninguna parte, como si Murakami estuviese atrapado en su propia forma de escribir reproduciendo un estilo que hasta ahora hacía de forma inconsciente, una crisis creativa propia a la que parece dar voz mediante un apático pintor, un millonario que anhela conocer a su hija y una tímida pre adolescente que solo aparece para aportar más incógnitas. Y es que quizás el mayor problema de la obra sea la capacidad que tiene el japonés de plantear preguntas que no llega a resolver, o no al menos con la solvencia con la que antaño solía hacerlo.

Es una lectura absorbente, sí, pero tan liviana como poco inspiradora. Una fuga de ideas esparcidas sin orden ni concierto que dan forma a una historia contada en dos partes que recuerda a un cuadro al que le sobran trazos y le falta arrojo.

Publicado el marzo 26, 2019 en Artículos, Offtopic y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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